miércoles, 14 de abril de 2010

Puerta de las tristezas

- ¿A dónde he de acudir a dejar mi queja?, dijo resuelta la voz de una niña situándose ante el mostrador de Reclamaciones de la oficina principal de la gran ciudad.

- Pues... no lo tengo muy claro, - respondió una voz, - verás te explico:

- Las quejas sobre la autoestima las tenemos apiladas a la derecha, los pesares por lo que se pudo hacer pero no se hizo en alguna situación están a la izquierda, los reproches es ese gran montón que ves en el centro de esa mesa y los deseos utópicos de buena voluntad, pues, allí, los hemos dejado apartados en aquella esquina, no son muchos, - se disculpó el funcionario.

Y si lo que quieres es simplemente rellenar una reclamación porque no te conceden un deseo pues no tienes nada más que decirmelo, si está en mi humilde mano yo mismo te lo concederé, siendo una niña tan simpática y tan pequeñita no creo que yo que tus deseos no puedan cumplirse rápidamente, - dijo el hombre a modo de gracia mirando la estatura de la niña, que apenas asomaba su naricilla sobre el borde del enorme mostrador.

- Pero... - dijo la niña un poco contrariada, - yo es que... yo quiero poner una queja, pero mi queja es porque no me quieren bien... ¿dónde tengo que dejarla?

- Humm, es que, no hay montón para eso, - dijo el hombre sorprendido por sus palabras, aún nadie nos había venido con una queja así, tan... tonta... tan rara.

- Yo no considero tonto ni raro que no me quieran bien, mas bien considero que es... pues muy triste, - dijo la niña entornando sus ojitos y bajando su cabecita y su mirada, con lo cual desapareció de la vista de aquel hombre y comenzó a escucharse solo un tímido y anónimo llanto...

El hombre al oirlo, conmoviéndose y poniéndose de pie para asomarse por el mostrador, mirando hacia abjo le dijo: - no, perdona, levanta tu carita, no quería ser tan brusco al hablarte, lo siento, es solo que tu queja pues no encaja en ningún montón de los que tenemos.

- Entonces, - dijo la niña con sus lagrimillas en las ojos, subiéndose de puntillas haciendo un esfuerzo: - entonces... ¿no voy a poder a poder mi queja? ¿nadie la va a leer? ¿no voy a poder solucionarlo?

- Pues, es que... la verdad es que no... - dijo el hombre confundido.

Pero la niña no perdió el ánimo ante la respuesta y dijo: - Y... ¿sabe usted qué he de hacer para que mi queja encaje en algún sitio?, - expreso con voz inocente y con dulce ingenuidad en su pregunta.

- Pues... hummm, veamos, quizá haya una solución, - contestó el buen hombre con una voz mucho más ilusionada al recordar algo... - se me ocurre que puedes dejarla ahí... tras esa puerta que está cerrada. Verás, - continuó el señor, - es que si quieres podemos intentar catalogar tu queja como dentro del grupo de Quejas que producen Tristeza, he visto que te apena mucho lo que te pasa y es lo único que se me ocurre para que puedas dejarla. La puedes dejar allí, tras la puerta, tenemos tantas que le hemos dedicado una habitación entera para recogerlas todas...

- ¡¡Muchas gracias!! - dijo la niña y resuelta se acercó a la puerta, pero al intentar abrirla no pudo, tiró y tiró pero nada pudo hacer, la puerta no se abría, estará cerrada o será que no yo no tengo tanta fuerza para abrirla, pensó.

- ¿Me puede abrir la puerta señor?, - preguntó con su vocecilla y mirando al buen hombre - ¡parece que no se abre!.

- Qué raro, - dijo el hombre que ya había vuelto a sus quehaceres cotidianos, - eso no puede ser . Y acercándose para intentar abrirla comprobó que la niña tenía razón, no se abría.

No sé porqué no abre esta maldita puerta... masculló entre dientes mientras continuaba haciendo fuerza al empujarla - ¿tú sabes porqué esta puerta no se abre? - dijo entonces mirando a una secretaria que en ese momento estaba haciendo unas fotocopias y atenta solo a su labor.

- Ni idea, - respondió la amable señora, - han ido dejando tantos papeles por debajo de ella que será simplemente que ya no caben más y se ha quedado atascada.

- ¿Atascada? - dijo la niña con sorpresa e indignación... - pero... ¿es que ustedes no leen y atienden las quejas que les llegan?

- Bueno, - contestó el hombre con vergüenza, - es que... como llegan tantas, alguna sí que leemos, pero en fin, el trabajo se nos desborda no podemos atenderlas a todas... todo lleva su tiempo... son muchas... no podemos leerlas todas... - repitió bajando los ojos, sabiendo que su excusa tenía menos madurez que la niña que le preguntaba.

La niña se quedó mirando al hombre, luego tras unos segundos de pensamiento, se acercó a una mesa, cogió un papel, un bolígrafo, guardó su queja en un bolsillo y comenzó a escribir en su nuevo papel algo...

El hombre sin entender qué hacía volvió a sus tareas pensando: seguramente está cambiando su queja para poder dejarla en algún montón de los que antes la indiqué, es lo que tenía que haber hecho desde el principio, qué niña más pesada, me ha hecho perder una de tiempo...

Pero al cabo de unos minutos, la niña de nuevo se acercó al mostrador, de nuevo se puso de puntillas y dijo: - por favor, ¿dónde me había dicho que se dejan los deseos, esos que puede concederme rápido ??

El hombre, miró a la niña asombrado... - pues... ehh... pero ¿ya no quieres poner tu queja?, -acertó a decir desconcertado.

- No, - dijo la niña con resolución, - quiero pedir un deseo... ese sí me le atenderán ¿verdad?, usted me ha dicho antes que sí y... ¡no creo yo que en esta oficina se dediquen a engañar a una pobrecita e indefensa niña de tan solo once años!!!, ¿verdad que no??, eso no será sí, ¿verdad?? - dijo la niña elevando cada vez más con intención el tono de su voz para todos los que allí estaban la oyeran.

Los demás comenzaron a trasladar curiosos sus miradas hcia el funcionario y la niña con los ojos muy grandes le miraba con el ceño fruncido, esperando una respuesta; la puerta de un despacho comenzaba a abrirse lentamente... entonces el hombre al ver en qué apuro le estaba colocando aquella niña y antes de que algún superior preguntara qué pasaba, le dijo rápidamente a la niña en tono conciliador, para que todo se calmara: - sí, sí, claro, claro. Como bien te dije, los deseos se atienden al momento, no hay que esperar. Bueno solo si son posibles, - aclaró el hombre, tratando de cubrirse las espaldas, ten en cuenta que hay algunos que son muy difíciles, incluso imposibles y esos pues...

- Sí, sí, - dijo la niña interrumpiendo al hombre, - no se preocupe, este es un deseo fácil de conceder, ya lo verá, - y con resolución tendió el papel al hombre que boquiabierto por la seguridad de la niña no acertaba a saber qué hacer con él.

- Leálo, - dijo la niña y por favor concédamelo cuanto antes, tengo mucha prisa. Estaré en ese café que hay ahí enfrente, en cuanto me haya concedido mi deseo, me avisa, ¿vale?. Muchas gracias y buenas tardes, - concluyó la niña dirigiéndose a la pesada puerta de cristal que daba acceso a la calle.

Allí quedó el hombre, temblando, con el papel en las manos, mientras muchas personas, que habían visto toda la escena se fueron agolpando a su espalda. De repente una voz más impaciente y nerviosa que otras dijo de forma un poco inquieta: - ¿es que no nos va a decir qué pone??, estamos en ascuas, por favor... ¿qué pone??

El hombre mirando el papel, comprendiendo y dedicando una leve sonrisa a todos los que allí estaban leyó en voz alta:

- Por favor, ¡¡derriben inmediatamente la puerta de las tristezas!!.

C.M.

Cuento en blanco


¡Cuéntame un cuento!, uno de esos bonitos, de esos tan raros, de esos tan extraordinarios, algo de todo eso que te sucede y que es tan especial, ¡me encanta cuando cuentas esas cosas!, por favor, ¡cuéntame un cuento!.

Yo, entornando los ojos para que no apreciara el cansancio en mi mirada, le dije: está bien, pensaré en algo que me haya sucedido y te lo contaré:

Una vez recuerdo que estuve en un parque... llegué, posé mis zapatos en la hierba y me senté bajo un árbol...

Recuerdo que a pesar de sentirme bien, mi corazón estaba triste, me pesaban los párpados, estaba cansada y me quedé dormida... Cuando desperté recordaba un sueño que había tenido y sin atender a nada me puse en pie levantándome con rapidez, como tratando de respirar otro mundo, distinto aire..., más, de repente, ya de pie pude ver todo a mi alrededor lleno de hojas, formando una mullida alfombra junto a mis pies. Entonces, miré hacia arriba y recuerdo que pensé ¿a qué árbol pertenecerán todas estas hojas caidas?, pero no ví ninguno que careciera de su vestido natural así que ensimismada en mis pensamientos me dispuse a recoger cada una de las hojas caidas.

Y así fui recopilando con mimo y cuidado cada una de las hojas esparcidas, a mis pies había varias, las recogí todas, las sujeté en mi mano, un poco más lejos había otro montoncito más, hacia allá dirigí mis pasos, las levanté del suelo, las añadí al grupo que ya tenía en mi mano. Y así lentamente fui recogiendo todas y cada una de las hojas que podía encontrarme en los alrededores. Cuando estuve convencida de haberlas cogido todas, miré mis manos que rebosaban de hojas, apenas podía sostenerlas todas con dificultad, pero me sentía satisfecha por la labor realizada.

Pero, de repente un poquito más lejos divisé una hoja que se me había escapado, vaya, pensé, que contrariedad llevo las manos tan llenas que si trato de cogerla tal vez se me caigan algunas, o tal vez todas, no sé... humm... bueno, trataré de agarrarla y espero que aún haya un huequecito para ella. Tomé la hoja tratando de sujetarla en un pequeño espacio que aún parecía que se holgaba lo suficiente para albergarla, pero se me resbaló, tratando de huir de mi piel y a punto de peligrar el resto de hojas que había logrado reunir con paciencia, dejé caer de nuevo esta última para que eso no sucediera. Enseguida un viento que por momentos soplaba con más intensidad la levantó del suelo y se la llevó volando hacia otro lugar mucho más lejano e inaccesible para mi, al verlo, recuerdo que pensé con tristeza... vaya no he podido recuperarlas todas... y esa seguro que por ser la última era la más importante, bueno, nada se puede hacer ya, me conformaré con las que me puedo llevar y así con todas las hojas juntas, complacida de verlas en mis manos me alejé del lugar...

- ¿y qué hiciste con tantas hojas en tus manos?, dijo la voz que había estado escuchando mi historia con atención.

Nada, me fui a mi casa y me puse a ordenarlas..., le respondí yo.

- ¿A ordenarlas?, ah, ya entiendo, seguro las ordenaste por colores, o quizá por tamaños, a lo mejor hasta se te ocurrió ordenarlas por las sensaciones que te provocaban al mirarlas...

- ¡no!, espera!, - gritó de nuevo, - seguro las ordenaste por recuerdos, según su forma, su aspecto, cada una te fue recordando algo bonito o feo de tu vida y así les pusiste nombres, nostalgia, pena, alegría, melancolía, amistad, amor... y luego las guardaste todas en una de esas cajas que siempre tienes llenas de cositas especiales, seguro que eso hiciste... o tal vez... ah, ya sé, claro, ¡todo era un sueño!, ¡de esos de los tuyos!, ¿no?...

Viendo que yo no respondía a nada de lo que él decía añadió: - bueno, mejor me callo que te descubro el final y es mejor que me lo digas tú, seguro es emocionante oirtelo decir: ¿cual fue tu forma de ordenarlas? ¿cuál?, - interrogó con emoción esperando esa respuesta que le dejara boquiabierto.

- Las ordené por números - contesté yo con tristeza.

- ¿por... por números?, - dijo con desilusión en su voz - no entiendo, las hojas de los árboles que yo sepa no están clasificadas, ni tienen números.

- No, - le dije yo - tienes razón, las hojas de los árboles no se pueden ordenar por números, sería una locura recogerlas del suelo y hasta tratar de contarlas, ¿verdad? pero las hojas de mi libro, las que se me cayeron del regazo cuando me levanté con tristeza de dónde me había quedado dormida, esas sí que se pueden ordenar, por números de página.

Aquella persona me miró con vergüenza en sus ojos e intuyendo lo que trataba de decirle simplemente añadió: - tienes razón, perdona ¿me enseñas tu libro?

Claro, respondí cambiando mi gesto desilusionado por una sonrisa de comprensión, pero..., añadí recordando algo con pena... has de ayudarme a ponerle un título, esa hoja que no cabía en mis manos, la que voló de mi lado y ya no me la pude llevar, era la página de la portada... aún estaba en blanco.


martes, 16 de marzo de 2010

Motivo encendido

Motivo encendido


Hubo una vez una niña pequeñita, al acostarse todos los días le gustaba leer a escondidas, su mamá no le permitía tener la luz encendida mucho tiempo porque molestaba a su hermanita, entonces la niña encendía una pequeña linterna para poder leer y adoptaba distintas posturas en la cama, tapándose bien con las mantas, pues no quería que nadie viera que encendía una luz.

Cuando estaba suficientemente cansada se quedaba dormida, en ocasiones con la linterna encendida. A los pocos días de encender aquella linterna para leer comenzó a escuchar una canción como si alguien tarareara, apenas se entendía y era una voz extraña que sonaba como si temblara en toda la habitación, así que de aquella lectura favorita la niña pasó a utilizar la linterna para dedicarse a investigar en las paredes de la habitación, en el techo y en otros rincones de dónde podía proceder aquel extraño sonido, sin salirse de su cama y sin destaparse para no despertar así a su hermanita. Nunca averiguó de dónde venían aquellos sonidos de canción quebrada, pero cada día le inquietaban más... Un buen día su madre descubrió bajo la almohada aquella linterna y aquella niña ya no pudo proseguir con sus investigaciones...

Y al poco tiempo, misteriosamente, aquellos cánticos también cesaron.

Ya de más mayor un día conversando con su hermanita ésta le dijo: ¿sabes? cuando eramos pequeñas y nos ibamos a dormir hubo un tiempo en que yo tenía miedo a una luz que aparecía muchas noches sobre el techo, no sabía de dónde venía pero se movía y provocaba unas sombras y luces extrañas que me recordaban a los fantasmas y no podía dormir porque me daba miedo; creía que era algún monstruo que venía a atraparme y eso me asustaba; entonces para no sentir temor... me ponía a cantar. Me temblaba la voz al hacerlo y me tapaba bien con la manta hasta la nariz, casi hasta los ojos, para que ese fantasma de luz no me descubriera ni me atrapara nunca; yo cantaba en en voz bajita intentando superar ese miedo... Nunca supe de dónde nacía esa luz, pero asustaba mucho, de veras,de veras que sí, hermanita. Un buen día esa luz desapareció, yo dejé de cantar y ya pude dormir más tranquila. Nunca se lo he contado a nadie hasta ahora porque me daba vergüenza reconocer que por las noches dormía con miedo de que una luz desconocida apareciera en el techo.

La niña se le quedó mirando con sopresa. ¿Sabes?, le dijo entonces a su hermanita. Yo de pequeña... es que tenía una linterna...

Así que ese día aquella niña comprendió algo importante: todos formamos parte de un todo, todos tenemos miedo a lo que desconocemos, hay muchos motivos por los que podemos molestar o tal vez todos sean un solo motivo, que disfrazamos de fantasma, de ruido, de noche, de dudas, de agobios, de huidas o insistencias, de oscuridad, tal vez un solo motivo y mil linternas y excusas para enfocarlo y mil tipos de canciones bajitas para disfrazar cuánto y cómo nos atemoriza. Pero al fin y al cabo un solo miedo... miedo a no ser comprendidos.

Sin embargo podemos vivir muchos años creyéndonos incomprendidos, incapaces, diferentes o ajenos a otros... hasta que un buen día nos paramos, conversamos suavemente, con la madurez de los años o el dolor de las distancias y nos sinceramos con un simple objetivo: entendernos y entonces, ¡es increible! de repente, sin esperarlo, surge lo absurdo.

Porque todos, desde ambos lados, siempre tenemos grandes y poderosas razones para hacer las cosas como las hacemos, y nos esforzamos en que nos entiendan y nos valoren y nos permitan seguir siempre incuestionablemente haciendo lo mismo, pero, al fin y al cabo, ¡es absurdo! jamás podremos evitar... tener TODOS el mismo motivo.

Todos formamos parte de un todo. Realmente, creemos que no, pero estamos equivocados, en realidad TODOS nos pasamos el mismo tiempo sufriendo de diferentes maneras... por lo mismo.

¿a qué es absurdo luchar contra el que tiene un mismo motivo?

C.M.
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martes, 23 de febrero de 2010

Brilla el Sol

Anoche, ya muy de noche, mordisqueé con timidez el cielo y me comí su luna de chocolate blanco. Luego bordé con hilos de seda de sueños un inmenso lazo con millones de estrellas que soltaban su purpurina dorada liándose en mi pelo y deslizándose atrevidamente hasta mi espalda. De la aúrea corona trenzada sobre mi rostro partieron miles de destellos desplegados en un manto de pensamientos luminosos que cerró mis ojos, cubrió mi cuerpo y acunó mi alma.

La música me descubrió desperezándome perezosamente en mi cama.

Entonces, mis adormecidas manos, tirando del vestido negro de la noche rasgaron la tela oscura de la inconsciencia y la noche quedó desnuda mostrando en bellezas su delicada y blanquecina piel de alborada. Entre los azules de una sonrisa... brilló el Sol.

Abrí los ojos, desperté, en mi ciudad despuntaba un bello día.

Sonreí de nuevo. En otro cielo compartido la vida comenzaba también en nuevos colores...

jueves, 28 de enero de 2010

Profundidades

Alguien dijo una vez: "la música es la banda sonora de nuestra vida"

Hagamos pues que la película sea bella.







Desciende...

Desciende para sentir unas lágrimas que no son las tuyas, desciende para añorar un gesto suave sobre tu rostro, sobre tu cuello, desciende para imaginar el vaivén de un mar reposado de virtudes que afloran en su superficie aferradas a la balsa de tus sentidos recuerdos.

Desciende para sentir esfuerzos, desciende para compartir este momento conmigo, desciende para imaginarme a tu lado sin que me veas, en tu caminar sin que sientas las huellas de mis pasos, en tu mirada resbalando contigo en una lágrima, en tu boca, recostada en ese beso que guardas en tus labios, en tu pelo, enredando mi sonrisa pícara en una cana, en tus manos bosquejando caricias en las venas de tu piel, en tus dedos, sintiendo el tacto de unas palabras cambiadas. A tu lado, sin pedir nada.

Desciende, reposa, entorna los ojos, descansa en la llanura de una música extendida... delicada. No desciendas para olvidar, deciende para entender, para sentir.

Ahora... para, déjalo, ya no desciendas más, eleva los ojos hacia la cima y escucha... mi esperanza te llama.

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Solo descendiendo se aprecia realmente la altura de una montaña.

Escrito para todas aquellas personas que necesitamos siempre de un sonido de esperanza.

jueves, 7 de enero de 2010

Iniciando un nuevo camino...




COMPAÑERO DE MOMENTOS LENTOS

Hace unos días ví a un hombre caminando, iba muy lento, tan lento que cada paso que daba era un mundo para él, apenas posaba una pìerna parecía que habían pasado horas, sus huellas no se marcaban, se borraban en la lentitud del avance, así que nadie podía advertir realmente que iba caminando, su quietud era inmensa, su cuerpo apenas se desplazaba pero él con estusiasmo, con confianza, con valentía, sin decaer en el ánimo continuaba dando pequeños pasos, posando sus pies, estabilizándose, avanzando.

Yo, yendo con el paso más firme, más rompedor, más rápido, le alcancé en mi camino e inevitablemente aflojé mi paso y me puse a su altura; él amablemente me saludó y por unos momentos iniciamos una conversación en ese breve ratito de coincidencia en nuestro camino.

Hablamos amigablemente, incluso con familiaridad al hacerme confidencias sobre sus experiencias de vida, sus viajes pues había sido marinero mercante, los pequeños secretos de su desgastada vida, en ocasiones para afianzar sus palabras posaba su mano en mi hombro como tratando de acercarme más a él y se disculpaba, siento ir tan despacio, me decía con una voz quebrada y temblorosa, no se preocupe contestaba yo y así continuabamos progresando; en otros momentos buscaba apoyarse en mi mano como intentando recuperar aliento, luego recobrando fuerzas me soltaba y me hablaba en voz baja cosas que sólo pudiera escuchar yo.

Asi anduvimos un pequeño trecho del camino, muy pequeño pero interminable. Su lentitud era tan grande que tuve que acomodar mi paso al suyo para poder ir a la par. En ese trayecto a menudo levantaba la vista y miraba, no dejaba de mirarme, de sonreirme, de intentar escuchar lo que decía, pues por su avanzada edad su oído estaba ya muy deteriorado. Hablaba con dulzura, con palabras suaves y pausadas, buscando siempre en mis ojos la actitud de entrega necesaria para proseguir.

Tras esos momentos de charla, tuve que forzar una despedida pues me estaban esperando y se me hacía tarde, el paso lento del buen hombre era muy grande, así que nos despedimos, con cordialidad, como si ese encuentro casual fuera algo necesario y útil para que yo entendiera algo en mi vida. ¿Hacia donde va?, le pregunte finalmente interesándome por el destino de su trayecto. ¡Hacia adelante! dijo él sonriéndome animosamente y dejándome completamente cortada sin poder decirle ya nada más.

Al quedarme ya a solas, apreté mi paso. Fui consciente de que iba dejando a mi viejo compañero de breves minutos más atrás, en otro punto más retrasado del camino, con su propio destino, con su propio rumbo. Al verme sola caminando, de nuevo con paso firme y decidido noté un vacío, una sensación extraña, iba rápido, alejándome pero esa era la sensación que tenía, que me alejaba. Sin saber muy bien porqué volví la vista y allí ví a ese pasajero, temporal y anciano compañero de escasos momentos, andando con dificultad, dando pasos pequeños, lentos, comedidos, planificados. Sin saber bien porqué me quedé mirándole, él para andar se mantenía pendiente tan solo del suelo, de sus piernas, de no caer, no podía darse cuenta de que le miraba, pues su concentración era grande para dar sus lentos pasos, para no tropezar. Allí me quedé mirando unos segundos más como avanzaba con dificultad, al ver cómo proseguía, por un momento, solo por un momento, entendí algo.

Sonreí, él no me veía pero yo sonreí, dí media vuelta y comencé a caminar, mi paso seguía siendo igual de firme pero andaba ahora más despacio, más reposada, respirando más profundo, disfrutando más del camino, entendiendo mejor mis pasos.

Un breve encuentro de minutos que ayuda a entender algo:

Ese encuentro se produjo en un estrecho pasillo; al salir del ascensor para dirigirme a visitar a un familiar enfermo topé con ese amable viejecillo e inevitablemente avanzamos ambos por un estrecho tramo de pasillo durante unos minutos. Él, con su paso muy lento, llevaba un andador que ocupaba todo el corredor y era imposible hacerse un hueco sin molestarle. Al despedirnos cuando comenzaba a ensancharse un poco más el pasillo y decirme que iba hacia adelante se dirigía tan solo a un comedor cercano para cenar. Lo sé porque casi una hora más tarde allí le ví, estaba sentándose por fin a la mesa.


***

Existen personas que dan pasos lentos, tal vez mucho más lentos que otros y aún así, tienen un motivo para caminar, algo por lo que sostenerse y aunque sea casi imperceptible su movimiento, su avance, tan solo por su creencia y su esfuerzo avanzan, no decaen... llegan.

Porque todo el que avanza, llega.


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miércoles, 30 de diciembre de 2009

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Feliz 2010 / Happy 2010

Yo sé que el mundo es grande y es diferente... pero mis buenos deseos son siempre pequeños e iguales año tras año.http://www.navidaddigital.com/miscelanea/feliz-navidad-multilenguaje



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Felices Fiestas y un buen Año Nuevo 2010
para todos vosotros junto a vuestros seres queridos!



:-)


jueves, 24 de septiembre de 2009

Una estrella en el camino


- ¡Quiero contarte una historia!!

- Eh, ¿una historia? pero bueno, ¿alguien tan pequeño como tú ya quiere contarme una historia? y dime :¿de que es la historia?

- Quiero contarte una historia sobre el Sol

- ¿Sobre el Sol??, no me hagas reir, ¿tú? ¿sobre el Sol?, no seas fantasiosa, tú no puedes contar historias sobre el Sol, ¡qué temeridad!.

- ¡Sí puedo!, ¡¡claro que puedo!!, quiero contarte una historia sobre el Sol.

- Pero mira que eres cabezota, tú eres insignificante y encima no tienes ni idea de lo que es un Sol, no me hagas reir, anda vete a jugar con tus amiguitas y no me hagas perder más el tiempo.

- Jooo, ¡¡¡pero yo quiero contarte una historia sobre el Sol!!!, ¡¡puedo hacerlo!! ¿me dejas? ¿sí?, ¿me dejas??, andaaaa, por favooor, me dejas, ¡¡es una historia muy bonita!!!

- Ah, que pesada eres, seguro que no te vas si no te dejo que me la cuentes, bueno, veamos qué quieres contarme, pero no te inventes,¿¿eh??? no me gustan las mentirosillas, si vas a contarme algo del Sol que sea verdad, mira que enseguida voy a notar si lo que dices es cierto o no, ¿de acuerdo?

- De acuerdo, ya verás cómo lo que te cuento es verdad.

Y diciendo esto aquel ser comenzó su historia de esta manera:

Había una vez un inmenso Sol...

Cada mañana ese Sol brillaba con tanta intensidad que a todos les producía alegría verlo tan luminoso y en un cielo tan azul.

Un buen día una Nube se acercó al Sol para preguntarle si podía estar un ratito a su lado. El Sol se puso muy contento por la compañía y le dijo que sí.

La Nube extendió su algodonado manto color blanco tapando algunos rayitos del sol y esto hizo que el cielo se oscureciera un poquito. La Nube al ver que eso al Sol no le molestaba llamó a otras amigas suyas, otras nubecitas y todas se pusieron juntas alrededor del Sol. De esta manera fueron muchos los rayos de sol que se perdieron entre tanta blancura por lo que aquel paisaje de cielo limpio y claro desapareció.

Entonces se acercó un Viento amigo y le preguntó al Sol si podía acompañarlos a todos un poquito. El Sol dijo que sí y el Viento sopló suavecito sobre los rostros blancos y dorados de sus compañeros. Algunas Nubes con el Viento soplando se alejaron un poco del Sol pero siguieron felices estando presentes en aquel inmenso cielo.

Entonces se acercaron unos Rayos y unos Truenos que venían de algún extraño lugar con unas copitas encima, venían armando mucho ruido, al ver al Sol le preguntaron si podían quedarse un ratito a descansar. El Sol les dijo que sí y aquellos Rayos y Truenos se sentaron juntos. Con su bullicio y diversión sin darse cuenta formaron tal Tormenta que algunas Nubes, asustadas, se pusieron tristes y oscuras; el Sol, viendo a sus escandalosos amigos, por prudencia se alejo un poquito y el Viento intentó por todos los medios no sentirse cohibido y trató inútilmente de arrastrar con sus brazos de aire a aquellos vecinos tan molestos, aunque lo estaba pasando francamenta mal en ese intento. Algunas Nubes comenzaron entonces a llorar y quejarse, asustadas ante la Tormenta. Los Rayos y Truenos al ver la que habían armado, pues su intención solo era divertirse y no hacer llorar a nadie, decidieron ir a pasar su resaca a otro lugar y se alejaron de aquellos seres asustados que no querían acompañarlos ni entenderlos en sus fiestas. El Sol salió tímidamente para ver cómo estaban sus compañeros pero al ver que las Nubes ni se atrevían a acercarse a él ideó un plan para que aquellas Nubes recuperaran su sonrisa.

Entonces llamó al Arco Iris y le dijo que por favor hiciera algo para que las Nubes se sintieran mejor. El Arco Iris pensó y pensó y de repente tuvo una idea, abrió mucho sus brazos recogiendo las últimas gotas de aquel aún encapotado cielo y pidiéndole al Sol que iluminara el agua, de sus brazos salieron multitud de haces de diferente luz y color que inundaron el cielo.

Las Nubes al ver aquellos brazos de luz tan bonitos expuestos en aquel inmenso y acristalado cielo fueron recuperando la confianza y comenzaron a sonreir y sacudirse unas últimas gotas de tristeza hasta quedarse de nuevo completamente blancas, brillantes y felices. Ante tanta felicidad el Sol de nuevo volvió a lucir.

Y dicen las gentes del lugar que lo vieron todo que fue precioso el paisaje que se formó en aquel inmenso cielo pues el Sol estaba tan contento que todos estaban de acuerdo en opinar que, incluso a través de las Nubes, aquel Sol brillaba ahora con más intensidad.

Y así todos vivíeron felices sabiendo que son varios los elementos que han de componer un bello paisaje, son varios los elementos que han de formar un buen cuento que nos hable del Sol.

- ¿Te ha gustado mi cuento sobre el Sol?

- Ah, ¡que bonito cuento!. Pero ¡es increible!, ¡qué descripción tan exacta!, ¡que claridad en lo que contabas!, ¡me ha encantado!, y dime ¿quién te ha contado esa historia? es imposible que alguien como tú pueda saber tanto sobre el Sol.

- La historia es mía, solo te he narrado algo vivido por mi.

- ¡No seas fantasiosa, ni me enfades!, dime quién te ha contado esta historia, algo así Tü no puedes saberlo.

- ¿Por qué dices eso?

- Pues es algo evidente, porque solo eres una Estrella, y las estrellas salen de noche, así que es imposible que sepan lo que sucede de día, las estrellas solo pueden saber de lunas, de más estrellas, de la noche pero jamás podrían contar algo tan detallado sobre el día, mucho menos sobre el Sol.

Entonces aquella estrella mirando a su amigo le dijo con serena voz:

- Este es el gran mal del mundo, se juzga a cada individuo por su apariencia, quien es grande se le considera grande y quien es pequeño se le advierte demasiado diminuto para comprender las grandezas de este mundo. Pero eso es una gran equivocación, porque hay un tipo de enfoque que nunca se contempla: que quien es grande puede volverse pequeño.

- No entiendo lo que dices ¿y porqué ha de hacerse pequeño alguien que ya es grande?

- Para no sentir soledad, para compartir, por simple compañía, para contar a los que se sientan más pequeños una historia sobre cosas grandes ¿conoces un motivo más generoso para brillar en esta vida?

Y diciendo esto la estrella que me había hablado con tanta franqueza comenzó a hincharse e hincharse ante mi, hasta llegar a formar un bello y radiante Sol.

Y yo, el Mar, avergonzado por haber juzgado tan inconsistentemente a ese gran Sol que solo por querer mi compañía y hablarme de cosas grandes se había transformado en diminuta Estrella no pude evitar comprender esa enseñanza y sin más demora recogí todas mis aguas y por unos instantes me concentré en una gota, una sola gota, transparente, salada y pequeña gota de agua y estoy seguro que he ido a parar a los ojos de algún lector cuya mirada brlla ahora de emoción al comprender todo lo leido.

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Porque una Estrella grande es un Sol, un Mar inmenso emepequeñecido una lágrima de emoción y un cuento contado con cariño y generosidad a grandes y pequeños, un simple cuento infantil que habla de bellos momentos, que brilla con luz propia.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Polvillo de mariposa



El niño con su natural curiosidad se acercó a la flor, la mariposa le miró pero juzgando que ese niño sólo estaba contemplando la naturaleza y nada podía hacerle, continuó libando el rico néctar dándose un buen banquete. Pero el niño de repente puso su mano sobre las alas de la mariposa y al instante el pequeño sintió sus dedos manchados con un polvillo extraño y retiró rápidamente sus manitas.

El padre al ver lo que había hecho no pudo evitar reprenderle con rabia y decirle que por haber querido coger la mariposa de esa forma le había quitado su pigmentación y ahora sería presa fácil de los depredadores, pues ese polvo en sus dedos era los colores que le permitían protegerse y camuflarse de sus enemigos.

El niño se quedó muy triste con tal noticia, bajó la cabeza y se puso a llorar.

Al instante el padre comprendió que había lastimado la sensibilidad del niño con sus duras palabras y buscando una forma de que entendiera lo que le habia querido decir le explicó:

- Verás cariño, a veces es inevitable hacer daño, no queremos hacerlo pero ya sea por inconsciencia, curiosidad, prepotencia, temor u otro motivo humano lo hacemos. Cuando eso sucede no debes centrarte en lamentaciones ni paralizarte por tal error, pues el gesto ya está hecho, solo debes entender lo que no has de volver a hacer y aprender una lección de ello: los niños bobos se duelen del daño que se hacen asi mismos pero los niños sabios aprenden del daño que hacen a los demás. Es la mariposa la que debe preocuparte, no tu error.

- ¿Qué puedo hacer para curar a la mariposa? - dijo el niño entoces calmando con más entereza su llanto.

- Esperar, - contestó el padre serenamente, - esperar y confiar, la naturaleza es sabia no permitirá que algo tan bello ya no pueda protegerse de sus enemigos, solo porque tú hayas querido tocarla sin saber cuánto la podías lastimar por ello.

Entonces el pequeño, que había entendido las palabras de su papá, tocó la cabecita de la mariposa y le dijo: - perdona, no sabía que eras tan sensible y que si te tocaba de esa manera podía perjudicarte. No quería molestar, solo fue que no pude resistir la tentación de tocarte, al verte tan bonita, venga, perdóname, no lo hice con mala intención, ¿sí? ¿vale? ¿me perdonas? ¿me perdonas? ¿me perdonas?, ¡no me voy de aquí hasta que me perdones!!

La mariposa entonces levantó su vuelo y por unos segundos se paseó por delante de aquel niño en un suave recorrido, lo cual fue interpretado por el niño y su papá como un gesto de perdón, luego se alejó y fue a posarse en otra flor un poco más distanciada, buscando protegerse entre unos pétalos más grandes.

El niño se volvió a su padre y con voz encendida y muy serio le dijo: - desde ahora te digo que no pienso lavarme las manos hasta que la mariposa vuelva a tener colores en su alita!! ¿cuándo venimos otra vez al campo a ver si ya los consiguió???

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Sabio el que entiende que no debe lavarse las manos ante un error.
La mariposa también aprendió una hermosa lección: la de la prudencia.