miércoles, 14 de abril de 2010

Cuento en blanco


¡Cuéntame un cuento!, uno de esos bonitos, de esos tan raros, de esos tan extraordinarios, algo de todo eso que te sucede y que es tan especial, ¡me encanta cuando cuentas esas cosas!, por favor, ¡cuéntame un cuento!.

Yo, entornando los ojos para que no apreciara el cansancio en mi mirada, le dije: está bien, pensaré en algo que me haya sucedido y te lo contaré:

Una vez recuerdo que estuve en un parque... llegué, posé mis zapatos en la hierba y me senté bajo un árbol...

Recuerdo que a pesar de sentirme bien, mi corazón estaba triste, me pesaban los párpados, estaba cansada y me quedé dormida... Cuando desperté recordaba un sueño que había tenido y sin atender a nada me puse en pie levantándome con rapidez, como tratando de respirar otro mundo, distinto aire..., más, de repente, ya de pie pude ver todo a mi alrededor lleno de hojas, formando una mullida alfombra junto a mis pies. Entonces, miré hacia arriba y recuerdo que pensé ¿a qué árbol pertenecerán todas estas hojas caidas?, pero no ví ninguno que careciera de su vestido natural así que ensimismada en mis pensamientos me dispuse a recoger cada una de las hojas caidas.

Y así fui recopilando con mimo y cuidado cada una de las hojas esparcidas, a mis pies había varias, las recogí todas, las sujeté en mi mano, un poco más lejos había otro montoncito más, hacia allá dirigí mis pasos, las levanté del suelo, las añadí al grupo que ya tenía en mi mano. Y así lentamente fui recogiendo todas y cada una de las hojas que podía encontrarme en los alrededores. Cuando estuve convencida de haberlas cogido todas, miré mis manos que rebosaban de hojas, apenas podía sostenerlas todas con dificultad, pero me sentía satisfecha por la labor realizada.

Pero, de repente un poquito más lejos divisé una hoja que se me había escapado, vaya, pensé, que contrariedad llevo las manos tan llenas que si trato de cogerla tal vez se me caigan algunas, o tal vez todas, no sé... humm... bueno, trataré de agarrarla y espero que aún haya un huequecito para ella. Tomé la hoja tratando de sujetarla en un pequeño espacio que aún parecía que se holgaba lo suficiente para albergarla, pero se me resbaló, tratando de huir de mi piel y a punto de peligrar el resto de hojas que había logrado reunir con paciencia, dejé caer de nuevo esta última para que eso no sucediera. Enseguida un viento que por momentos soplaba con más intensidad la levantó del suelo y se la llevó volando hacia otro lugar mucho más lejano e inaccesible para mi, al verlo, recuerdo que pensé con tristeza... vaya no he podido recuperarlas todas... y esa seguro que por ser la última era la más importante, bueno, nada se puede hacer ya, me conformaré con las que me puedo llevar y así con todas las hojas juntas, complacida de verlas en mis manos me alejé del lugar...

- ¿y qué hiciste con tantas hojas en tus manos?, dijo la voz que había estado escuchando mi historia con atención.

Nada, me fui a mi casa y me puse a ordenarlas..., le respondí yo.

- ¿A ordenarlas?, ah, ya entiendo, seguro las ordenaste por colores, o quizá por tamaños, a lo mejor hasta se te ocurrió ordenarlas por las sensaciones que te provocaban al mirarlas...

- ¡no!, espera!, - gritó de nuevo, - seguro las ordenaste por recuerdos, según su forma, su aspecto, cada una te fue recordando algo bonito o feo de tu vida y así les pusiste nombres, nostalgia, pena, alegría, melancolía, amistad, amor... y luego las guardaste todas en una de esas cajas que siempre tienes llenas de cositas especiales, seguro que eso hiciste... o tal vez... ah, ya sé, claro, ¡todo era un sueño!, ¡de esos de los tuyos!, ¿no?...

Viendo que yo no respondía a nada de lo que él decía añadió: - bueno, mejor me callo que te descubro el final y es mejor que me lo digas tú, seguro es emocionante oirtelo decir: ¿cual fue tu forma de ordenarlas? ¿cuál?, - interrogó con emoción esperando esa respuesta que le dejara boquiabierto.

- Las ordené por números - contesté yo con tristeza.

- ¿por... por números?, - dijo con desilusión en su voz - no entiendo, las hojas de los árboles que yo sepa no están clasificadas, ni tienen números.

- No, - le dije yo - tienes razón, las hojas de los árboles no se pueden ordenar por números, sería una locura recogerlas del suelo y hasta tratar de contarlas, ¿verdad? pero las hojas de mi libro, las que se me cayeron del regazo cuando me levanté con tristeza de dónde me había quedado dormida, esas sí que se pueden ordenar, por números de página.

Aquella persona me miró con vergüenza en sus ojos e intuyendo lo que trataba de decirle simplemente añadió: - tienes razón, perdona ¿me enseñas tu libro?

Claro, respondí cambiando mi gesto desilusionado por una sonrisa de comprensión, pero..., añadí recordando algo con pena... has de ayudarme a ponerle un título, esa hoja que no cabía en mis manos, la que voló de mi lado y ya no me la pude llevar, era la página de la portada... aún estaba en blanco.


2 comentarios:

Ñoco Le Bolo dijo...


Hace unos años, en Faro (El Algarve) curioseando en una librería, me encontré un libro que sin duda compré. Se lo regale a un gran amigo y todavía lo conserva sin leer. El libro se llamaba 'Libro Branco'
No sé si sería el tuyo. Todas sus hojas estaban en blanco.

Aceptados los abrazos con copitos de nieve y devueltos aumentados.

CR LMA
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Cris dijo...

qué bonita historia, no era mi libro,porque el que regalaste llevaba titulo ;-) pero de seguro contenía historias parecidas, un abrazo!